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Según plantea el autor de esta Tribuna, Julio Mayol, el “Día a día” de los cirujanos consiste en un quehacer constante lleno de problemas en manos de los políticos y los gestores.

AL QUE EL CIELO ESCUPE...

JULIO MAYOL. Cirujano del Hospital Clínico San Carlos de Madrid.

Diario Médico, 16 de abril de 2005

La toma de decisiones en la asistencia sanitaria depende más de los políticos y los gestores que de los profesionales, que, según el autor, deben aguantar las presiones para sostener un sistema asistencial de primer nivel sin los medios necesarios.

Lo confieso: soy cirujano. Me apasiona mi profesión y le dedico más tiempo del que debería. O mejor dicho, mucho más tiempo del que me remuneran. Este sentimiento, compartido por muchos, se contrapone al modelo de calidad de vida de los profesionales que contribuye al declinar de la práctica quirúrgica. Los políticos hacen propaganda con nosotros y nuestra profesión, y nos ignoran. Los hombres de negocios hacen negocios con nuestra profesión; y también nos ignoran.


Mientras, vemos degradarse nuestro ejercicio y enrarecerse la relación con los pacientes y sus familias. Nos exigen más, aunque a cambio nos dan lo mismo e incluso menos. Nos hacen sentir culpables por no aceptar obedientemente ciertas cosas sobre las que nadie nos ha preguntado si son convenientes o están indicadas. Pero seguimos adelante y contribuimos a mantener un sistema sanitario que con menos de un 7 por ciento del PIB proporciona atención sanitaria de máxima calidad a toda la población. Hemos avanzado en trasplantes, cirugía mínimamente invasiva, tratamiento quirúrgico del cáncer, cirugía mayor ambulatoria e investigación porque actuamos como profesionales, aunque nos traten como a empleados.

Agentes externos

Ante el deterioro progresivo, ¿dónde están nuestros líderes? ¿Quién vela por lo mejor para nuestros pacientes y para nosotros mismos? La verdad es que la agenda sanitaria viene determinada por agentes externos. Los políticos, los hombres de negocios o los medios de comunicación influyen más que nosotros mismos en la definición de nuestros objetivos y de los medios para obtenerlos. Indudablemente, la sociedad, con la que tenemos un contrato, no sólo profesional sino ético, no escucha nuestra voz. Ha disminuido nuestra capacidad para hacer llegar el mensaje y nuestros conciudadanos no saben lo que realmente pretendemos. O lo que es peor, creen saber algo que es injusto e incierto.


En general, los cirujanos somos vistos como arrogantes, ambiciosos y vanidosos, más interesados en nuestro prestigio personal que en el bien de nuestros pacientes. Pero si hay algo que no nos podemos permitir es ser arrogantes o interesados únicamente por nuestro propio prestigio, porque estamos sometidos a demandas sociales muy superiores a las que soporta ningún otro profesional. Se nos hace responsables de resultados médicos sobre los que no tenemos ningún control o del cumplimiento de promesas políticas; se nos exige mantenernos al día y obtener actualización profesional de por vida. Y no es fácil. No ya porque no tengamos ayuda institucional, sino porque se nos ponen numerosos obstáculos en el camino.

Incluso para el más obstinado de los cirujanos -o colegas médicos-, las barreras al desarrollo profesional, económicas o sociales, terminan por hacer inviable cualquier deseo de alcanzar la excelencia. Lamentablemente, lo que se incentiva es la mediocridad y no la superación. Las consecuencias van a ser cuantificables: los países occidentales, y el nuestro en particular, se van a quedar sin cirujanos expertos para atender las necesidades de la población. Los más aptos y competitivos no querrán ser cirujanos.

Cuestión de confianza

El problema surge cuando los pacientes tienen que tumbarse en una mesa de quirófano y dejarse cortar por fríos bisturíes mantenidos en nuestras manos. Entonces no hay estadística en la literatura ni información científica suficiente que pueda salvar el abismo que separa al cirujano de su paciente. Es la máxima expresión de la incertidumbre de un ser humano enfermo ante su futuro. En ese instante la confianza del paciente en un cirujano competente y bien motivado es lo único que importa.


Esa necesidad de certidumbre es la que los políticos y los medios de comunicación van minando, no digo que conscientemente, pero sí consistentemente. Porque la pérdida del control sobre decisiones esenciales que hemos sufrido en nuestro ejercicio diario y su asunción por parte de los administradores ha acabado con la confianza. Continuamente debemos responder: "No puedo decirle nada, no depende de mí". Pero los pacientes no confían en los administradores porque son señoras y caballeros que visten trajes y no están al cargo de sus vidas. Quieren confiar en quien tienen delante y les dice: "Opérese". Esta situación nos ha conducido involuntariamente a una utilización de la información -que no del conocimiento- que nos permite justificarnos y transferir la responsabilidad al paciente.

Somos los cirujanos, los médicos, los profesionales, los que debemos responder contundentemente a los que prometen cosas irrealizables o incluso perjudiciales, a la falta de organización de la profesión y a la ausencia de incentivación de la excelencia. Digámoslo en alto: con una financiación de país en vías de desarrollo no se puede conseguir una atención sanitaria universal de primera línea en el octavo país más industrializado del mundo. Digámoslo en alto: sin profesionales excelentemente formados e incentivados no podemos hacer progresar el sistema. Digámoslo en alto: si no conseguimos una masa crítica de inteligencia política y profesional, nuestro sistema va a hundirse. O lo vamos a hundir. No me refiero a una determinada organización política de la atención, sino a un sistema de cuidados basado en la competencia profesional y en una genuina relación médico-enfermo, por el que los ciudadanos tengamos garantizados unos cuidados médicos a la altura del estado del arte en el siglo XXI.